El estrés, ¿es bueno o es malo?...algunas claves para entenderlo

23.03.2017 12:49

Introducción al término “STRESS” y dinámica de la tensión fisiológica.

Solemos utilizar la palabra “estrés” o la expresión “estar estresado” cuando nos encontramos desbordados o agobiados, con sensaciones de cansancio, nerviosismo, ansiedad, irritación…

 En 1936, el endocrinólogo canadiense Hans Steyle utiliza por primera vez la palabra inglesa “stress” (tensión) para designar un estado orgánico de tensión aguda o continuada que produce cansancio, proponiendo como término médico el Síndrome de estrés, o Síndrome General de Adaptación (SGA) como un síndrome patológico (= serie de síntomas o signos que existen a un tiempo y definen clínicamente un estado morboso determinado) consecuencia de una o varias agresiones que van a provocar “una respuesta o activación biológica compleja neuro-endocrina del organismo, siempre idéntica sea cual sea el factor estresante, verificable por cambios a nivel gastrointestinal, cardiovascular y glandular”.

Dejando a un lado la “patología”, el estrés o estado de tensión fisiológica es la manera habitual y primitiva que tiene nuestro organismo  de responder ante cualquier situación amenazante o desafiante percibida en el entorno como acción protectora que prepara al cuerpo para afrontar eficazmente una situación de emergencia de corta duración, movilizando los sistemas nerviosos central, autónomo y hormonal, permitiendo al sujeto reaccionar (huir o combatir el factor estresante) o resistir el mayor tiempo posible. Este funcionamiento arcaico, automático e inconsciente representa, en parte, la expresión o materialización biológica del instinto de conservación y supervivencia tanto a nivel individual como de especie. Individualmente sintiendo la necesidad de vivir la mayor cantidad de tiempo posible y de tener cubiertas todas nuestras necesidades vitales cotidianas (acceso al aire, agua, alimento, reproducción), conservando cierto equilibrio físico y psicológico (homeostasis general) y el máximo de integridad física y mental. Como especie, protegiendo a hijos y demás parientes mediante la vigilancia, la construcción y defensa de un espacio o territorio para protegerse,  estableciendo relaciones tanto a nivel familiar como extrafamiliar, reconocimiento de amigos y enemigos, así como nuestra relación con otras especies, es decir, si nos sentimos como predadores o como presas.

Cada uno de nosotros posee determinados umbrales fisiológicos y límites de tolerancia que cuando son sobrepasados activan los programas (o procesos) de supervivencia instalados en los dominios del inconsciente. Cuando alguna de nuestras necesidades vitales comentadas en el anterior párrafo no puede ser atendida, nuestro estado de ánimo se ve alterado, aparecen el miedo, la rabia o la ansiedad.  La tensión emocional resultante ejecuta los procesos de tensión fisiológica que disparan las reacciones de ataque, huida o disociación. Estos límites de tolerancia pueden ser rebasados de diversas maneras:

·         Psico-choque emocional desestabilizador, el agente estresante aparece repentinamente, de un solo golpe, brusco y preciso.

·         Saturación conflictiva, el agente estresante va llenando el vaso gota a gota, de forma progresiva y repetitiva, hasta que el límite de tolerancia es rebasado.

·         Memoria conflictiva activa, el agente estresante ocurrió una sola vez sin llegar a rebasar el límite de tolerancia, aunque el recuerdo cíclico y repetitivo del conflicto acabará por hacerlo.

Una de las premisas de todo organismo vivo es la eficiencia energética, de forma que ante varias opciones de funcionamiento, siempre se optará por la que menos energía cueste al sistema. Esto también es válido para el funcionamiento cerebral, optimizando comportamientos y pensamientos que requieran poca concentración o esfuerzo.

Nacemos con ciertos circuitos neuronales heredados y desarrollamos otros nuevos (con gasto energético) mediante nuestras propias experiencias de vida. Cada persona manifestará preferencia por determinados tipos de acciones y pensamientos, patrones biodinámicos y psicodinámicos que con el tiempo y a base de repetirlos constantemente se convertirán en “habituales”.

Esta tendencia a activar determinados comportamientos y pensamientos hace que ciertas redes neuronales se estructuren más sólidamente, formando patrones neuronales que acaban actuando como programas automáticos. Secuencias, combinaciones y patrones que acabarán definiendo nuestra personalidad o identidad personal eligiendo inconscientemente comportamientos que requieran de la mínima concentración por nuestra parte y que transformarán nuestra vida en algo familiar, predecible, rutinario y cómodo.

Pero, en el momento en que nuestra cómoda, apacible y rutinaria existencia aparezca cualquier evento que no nos resulte habitual, automático o fácil, nos invadirá una sensación de incomodidad ante lo desconocido, sentiremos miedo o agresividad, automáticamente se activará nuestro sistema nervioso autónomo que obligará al sistema a movilizar y consumir energía extra, sacándonos de nuestro cómodo y apacible estado de ahorro energético.

Resumiendo, cuando nos encontramos ante una situación desagradable o amenazante, se activa automáticamente en nuestro sistema nervioso el “modo supervivencia” sin participación consciente o racional por nuestra parte. La respuesta de estrés fisiológico nos permite reaccionar ante esa situación (fase de alarma), si la situación no se resuelve satisfactoriamente, el sistema se prepara manteniendo un metabolismo alto para resistir durante un tiempo (fase de resistencia), si la situación continúa sin resolverse durante mucho tiempo (más de seis meses), los recursos tanto de nutrientes esenciales como psicológicos empiezan a agotarse (fase de agotamiento). Cuando el sistema, con los recursos agotados, se ve desbordado y sin capacidad de reacción, nos encontramos con el SGA.

 


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